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Vale la pena arriesgarse… PDF Imprimir E-mail
Por Nicolás E. Grullón   
Domingo, 18 de Abril de 2010 10:58

'Estaba caminando por una calle, una tarde, cuando el sol estaba poniéndose y la luz ya era escasa. De pronto, escuché unos apagados gritos que venían de atrás de unos arbustos. Alarmado, caminé más despacio para escuchar y entré en pánico cuando me di cuenta de que lo que estaba escuchando eran los ruidos de una indiscutible batalla.
Entre los ruidos del tráfico y de una fábrica, podía escuchar que una mujer estaba siendo atacada por un hombre, a solo unos metros de donde yo estaba. ¿Debería de involucrarme? Estaba demasiado preocupado por mi propia seguridad y me maldecí por haber pensado en seguir caminando a casa esa noche.
¿Qué si me convierto en parte de las estadísticas de asesinatos? ¿No, debería correr al teléfono más cercano y llamar a la policía? Aunque ese tiempo pareció una eternidad, deliberando en mi cabeza... solo habían pasado unos segundos.
Me di cuenta de que los gritos de la chica se estaban apagando. Sabía que tenía que actuar rápido. No soy un hombre valiente, ni atlético y todavía no sé de donde saque el coraje moral y la fuerza física, pero me decidí a ayudar a la chica. Y me transformé.
Corrí detrás de los arbustos y golpeé al tipo. Nos peleamos por algunos minutos hasta que finalmente brincó y corrió escapando del lugar. Con poco aliento, traté de acercarme a la mujer, que todavía se encontraba detrás de los arbustos. En la oscuridad, no podía más que ver su sombra. Y tratando de no asustarla, le dije suavemente: 'Todo está bien, el hombre ya se ha ido. Estás segura ahora.'
Hubo una larga pausa, y de pronto escuché las palabras: 'Papi, eres tú?' Y de detrás del arbusto, mi hija más pequeña, Katherine, salió caminando hacia mi'
Reflexión: A veces pensamos que nuestras buenas acciones no tendrán recompensa, pero nunca sabemos por quien o a quien estaremos salvando. Vale la pena tomar el riesgo. Riesgo, que la próxima vez, sin saberlo, puede ser nuestro ser más amado. y aunque no lo sea, es el mismo Jesús que vive en nuestros semejantes. No hay peor ciego que el que no quiere ver, o peor sordo que el que no quiera escuchar.


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